
Conozco a una retratista muy cotizada entre empresarios y apellidos ilustres cuyas obras dominan con orgullo los salones de sus dueños. Como artista concienzuda que es, trata de reflejar en el lienzo la personalidad de sus clientes, aunque la mayoría lo que busca es legar su mejor cara a la posteridad, claro. La última vez que estuve con ella, estaba preocupada por la erosión que el botox estaba produciendo en su trabajo. "Las madres parecen más jóvenes que sus hijas y encima, carecen de expresión. No queda ni rastro de las líneas de felicidad o de tristeza que les ha procurado la vida. Es dificilísimo captar su esencia. Yo conozco muy por encima a mis clientes. Su rostro, su mirada, sus gestos me proporcionaban datos que ya no se cómo obtener".


Mi amiga Sara, también periodista, se topó con Roberts hace un año en un hotel de Roma. Hippy, altísima y con la cara lavada. Era Julia, la auténtica, con sus arruguitas y el óvalo destensado. Guapa.
En "Sobre la belleza", un libro del 2006 de la británica Zadie Smith -una escritora tremendamente sugerente-, se retrata la existencia mayormente fea de dos familias de profesores universitarios. Lo leí cuando lo editaron, pero la foto de Roberts me hace recordarlo ahora. No es un ensayo, sino una novela en la que el retrato sociológico predomina. Este post tampoco es ningún ensayo. Sólo una superficial reflexión sobre sentirse bien -o mal- con uno mismo.
Me gustaría seguir con el asunto pero me marcho corriendo a por el rimmel...
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