jueves, 24 de febrero de 2011

Los baúles del Gaddafi

Por Pilar Portero
Brocados dorados con relieves adamascados
El dictador libio es al fondo de armario lo que en el siglo pasado fue la Piquer -folclórica que hizo famosa la expresión 'los baúles de la Piquer' por lo abultado de su guardarropa-. Si todo sale bien y Gaddafi se va pitando de Libia, a ver qué país es el guapo que le acoge con esa cantidad de vestuario. Hablar de los extravagantes trapos de este nefasto personaje puede resultar frívolo pero basta echarle un vistazo para palpar la megalomanía y depravación que exhala. Le damos un repaso antes de que las revistas de moda se dediquen a publicar editoriales de moda clónicos inspirados en ese estilo persa perverso.
Gaddafi con unos amigos, de blanco y con bata de burdel con transparencias
A los numerosos estados que han acogido al dictador como uno de más de la panda, jamás les ha extrañado los delirantes modelitos con los que Muamar asistía a las citas. Preferían mirar para otro lado. En el caso concreto de la imagen superior, al suelo. Y así siguen algunos...
Señor señora con su guardia de vírgenes y ¿suicidas? y botas de medio tacón
La guardia amazónica de Gaddafi que le acompaña en sus viajes internacionales, un cuerpo de 200 mujeres supuestamente vírgenes y avezadas en el manejo de armas, ya dice suficiente sobre su concepción del mundo. Seguro que Berlusconi ha estado dando vueltas a hacerse con un equipo de guardaespaldas similar. Por lo pronto, el presidente italiano suele seleccionar intérpretes deslumbrantes para que le traduzcan, y hasta les da de comer con su propio cubierto, mientras en los almuerzos oficiales realizan su trabajo como sombras detrás de los líderes.

Oro parece, plata no es: Gaddafi
Con un tocado, que fuera de su testa podría pasar por art decó, y un cadenón bling bling pero de oro del de verdad, que ni siquiera un rapero billonaire como Jay Z se lo podría permitir, Gaddafi da miedo. Un hombre así es capaz de cualquier cosa.
Gaddafi en plan los Roper. Ideal de la muerte.
Dos piezas de escándalo pasean juntas por la orilla del mar. Parecen un matrimonio de ricachones en una playa marbellí. Pero lo único que une a Mubarak y Gaddafi es que sus días han terminado.

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